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Una anécdota personal...


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Resulta que en Cuba es frecuente ver pescadores que utilizan... neumáticos para hacerse a la mar y pescar. A veces por placer, otras por necesidad. Lo cierto es que cuando uno los ve a más de dos kilómetros - a veces hasta tres o cuatro- de la orilla, se le pone la carne de gallina.

Y pensar que yo fui uno de ellos hasta hace 25 años...

Yo creo que ni el placer de pescar un inmenso castero desde una llanta podrí­a hacerme regresar a las andadas...

Este post es largo, así­ que si no quieren perder algo de tiempo les aconsejo abandonarlo desde ahora :bienvenido:

A veces, cuando uno es joven, comete tremendas insensateces. Otras veces las comete incluso no siendo tan joven. La pesca desde un neumático es una de ellas.

Es común ver a pescadores practicando este ¿Deporte? en los litorales de La Habana. A cualquier hora que uno pasee por el malecón podrá ver a los famosos "camareros" en plena faena. Claro, siempre y cuando haya buen tiempo.

Un "camarero" para los cubanos, además de ser la persona que trabaja sirviendo en un restaurant o cantina, es aquel pescador que, a despecho de su vida, se aventura a pescar en el mar subido en un neumático de auto, camión, avión, carreta, tractor o cualquiera que aparezca (en Cuba también le llamamos cámara).

Un camarero (yo mismo lo fui cuando joven) es alguien que no tiene mucha conciencia de los peligros a que se expone cada dí­a al salir al mar en tan frágil artilugio. O que, teniéndola, no le importa exponer su vida. Quizás haya alguno que lo haga como modo de vida porque no le queda otro remedio o no sabe hacer otra cosa. Es posible. Pero la mayoria lo hace... porque le gusta y siente placer al hacerlo.

Por lo general, los camareros son personas jóvenes que en sus ratos de ocio, frecuentemente por la noche, se lanzan al mar sobre el neumático como si fueran en un bote con dos motores Mercury "fuera de borda". Esos motores son un par de patas de rana, con cuyo impulso se desplazan sobre el agua mejor que con un par de remos.

El ajuar del camarero es sencillo: una cámara cubierta por una tela de red o saco calado que le sirva como piso, un par de patas de rana, dos pequeños "postes" de madera o plástico colocados uno a cada lado del neumático, fijados mediante la red utilizada como piso (para colocar los carretes), una mochila, un saco de polipropileno para guardar las capturas, una bomba de mano y un par de parches frí­os para una emergencia en alta mar (a veces ni eso), un pomo con agua, uan merienda, un cuchillo, un ancla o "potala" y por supuesto, sus aví­os. Esta ajuar es para aquellos que se lanzan al mar por más de cuatro horas. Para menos tiempo, puede ser más sencillo.

Practicar esta actividad (no sé si segirla llamándola "deporte") está prohibido por ley, pero al camarero no le importa. Lo de él es pescar, pescar, pescar... desde una cámara. No se da cuenta que si ocurre un accidente, en el mejor de los casos que puedan socorrerlo, origina una movilización cuyo costo no calcula (y tampoco paga), pero que yo estimo en no menos de 500 - 1000 USD.

Cuando muchacho (15 -16 años) yo fui camarero. Tení­a un neumático de camión ruso "KAMAZ", un par de patas de rana y mis aví­os de pesca. Era todo lo que necesitaba porque yo no salí­a lejos. Apenas 100 m me separaban de la costa en los "pesqueros" que seleccionaba. Mi preferido era la playa de "El Salado". A 2 horas en autobus desde mi casa, tiene una playa de arena por donde yo salí­a y donde las personas se bañan en cualquier época del año. A los dos lados de la pequeña playa se extiende el arrecife y a escasos 25 m de la orilla la profundidad alcanza cerca de 10 m. A 100 m de la orilla la profundidad es aprox 30 - 50 m.

Mis padres, por supuesto, nada sabí­an de estas correrí­as. Ellos me hací­an estudiando o en casa de un amigo. Al regreso me cambiaba de ropa, me sudaba un poco y parecí­a que vení­a de una cancha de tenis...

Yo iba en bicicleta, junto a mi hermano o a un compañero de pesca, "Titi". Hoy "Titi" vive en Miami, hacia donde se fue en el 94 en ... un par de neumáticos!

La última vez que salí­ en cámara el dí­a estaba bueno. No habí­a oleaje y el mar parecí­a un plato, a pesar de que era febrero y hací­a frí­o. Llegamos a "El Salado" mi hermano y yo. Dejamos la bici en un parqueo e inmediatamente, despues de inflar los neumaticos, nos hicimos al mar.

Yo llevaba un par de carretes. Uno tení­a aprox 500 m de lí­nea y el otro como 150 m. Este es el que más utilizaba, por ser más pequeño, liviano y manuable.

Llevaba un par de horas "apotalado" a 70 m de la orilla. Pescaba roncos utilizando "bicho esponja" de carnada.

El "bicho esponja" es un gusano verde que vive enterrado en la arena en las costas de playa o fango. Es lo más asqueroso del mundo. Tiene un fuerte olor que se propaga rápidamente en el agua mediante los fluidos que desprende cuando uno lo ensarta en el anzuelo y lo arroja al mar.

Habí­a sacado como seis o siete pescaditos de media libra. El mar se habí­a agitado un poco y rompí­a con fuerza sobre los arrecifes. La playa me quedaba como a 300 m y la punta de arrecifes más cercana a eso de 70 m. Eran cerca de las tres de la tarde cuando, sacando un pescaadito que me habí­a mordido el cebo (sé que era pequeño por el peso) sentí­ un tremendo tiron que por poco me saca de la cámara y de pronto, perdí­ la presión en la punta de la lí­nea.

Cuando terminé de cobrar, en la punta de la lí­nea sólo tení­a una cabeza de ronco, cercenada de un mordisco perfecto.

¿Que será lo que se comió mi ronco? ¿Una barracuda?? -"Seguro".

Me puse a mirar a mi alrededor, a ver si la veí­a.

De pronto, una sombra inmensa pasó justo debajo de la punta de mis patas de rana, como a dos metros de profundidad. Medí­a cerca de dos metros y sin lugar a dudas era la de un tiburón.

Me dió un salto en el estómago y los huevos se me pegaron al cuello, como un lazo de corbata. Inmediatamente recogí­ las piernas, justo en el momento que el tiburón sacó su aleta dorsal y la punta de la caudal fuera del agua. Mi hermano enseguida las vió y me gritaba, mientras pataleaba hacia la orilla.

El pez empezó a rondarme mientras yo trataba de desprender el ancla, que se resistí­a. No me quedó más remedio que cortar la cuarda con el cuchillo, para quedar a la deriva.

Me seguí­a merodeando, mientras el corazón me latí­a cada vez con más fuerza y prisa. Ya me empezaba a faltar el aire cuando se me ocurrió una idea. Tení­a siete roncos en un saco y decidí­ arrojárselos algo lejos, para que me diera tiempo a patalear hasta la orilla.

Mi hermano cargaba ya con su cámara y un azadón que le prestaron por sobre los arrecifes para acrecarse a mí­ y tirarse al agua desde el punto más cercano

El primero lo arrojé como a 15 m de mí­, pero el pez no lo notó hasta cerca de 5 min después. Le partió para arriba, ocasión que aproveché para acercarme a la orilla.

Siguió rondándome. Le arrojé otro ronco y aproveché que le dió unas vueltas, aunque no se lo comió, para acercarme aún más a la orilla.

Así­, fui acercándome a la orilla cada vez más. Le grité a mi hermano que no se tirara al agua. El tiburón me seguí­a como a tres metros de la cámara, pero ya no me rodeaba, sólo me seguí­a. El miedo no me dejaba patalear. Las rodillas y los labios me temblaban y el estómago lo tení­a pegado al espinazo.

Cuando estaba a diez metros de la orilla, el pez estaba como a 20 m de la cámara, entretenido rondando uno de los roncos que le habí­a arrojado.

Los nervios me dieron por tirarme al agua y nadar hacia la orilla. Mi hermano me gritaba que el pez me seguí­a y blandí­a un azadón que le habí­a quitado a un jardinero, metido en el agua hasta el cuello.

Yo nadaba hacia la orilla. Si ese dí­a me hubieran medido la velocidad, sin duda hubiera roto todos los récords de Matt Biondi...

Salí­ arrastrándome por sobre los arrecifes, revolcado por las olas. Me arañé las rodillas, desbaraté las patas de rana y me herí­a profundamente la palma de la mano derecha. Pero el pez no me arrancó una pata, como temí­a que sucediera.

Ya parado en la orilla veo la cámara cómo se levanta en el aire de un costado y cómo es succionada nuevamente hacia el agua. El tiburón la tení­a entre sus fauces y la mordí­a repetidamente, hasta que se hundió.

Todaví­a temblaba. A esa hora fue que me acordé de mis aví­os. No tení­a el cuchillo en su funda. Era nuevecito, un regalo que me hizo mi padre sólo hací­a un mes. Mi hermano querí­a meterse en al agua a buscarlo, pero yo lo persuadí­ de que no lo hiciera. De todas maneras, nadie sabí­a que se me habí­a caí­do y podrí­amos recogerlo al otro dí­a. Los carretes flotaban. Esperamos que las olas los tiraran a la orilla y los recogimos. El tiburón siguió merodeando la playa hasta eso de las cinco de la tarde, cuando se perdió.

Al siguiente dí­a regresamos a buscar el cuchillo. Mi hermano lo encontró enseguida.

Esa fue la última vez que salí­ en cámara a pescar.

Es por eso que cuando veo a esos muchachos a un Km de la orilla, frente al malecón habanero, montados sobre una cámara, a veces podrida por el salitre, siento como algo me vuelve a subir a la altura del cuello. Y siento, también, envidia...

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Impresionante :bienvenido: Killo parece un relato sacado de la peli tiburon o alguna parecida. Ademas aunque el relato sea un poco mas extenso que los post normales que colgamos aqui, se hace breve y consigue que hasta leyendolo nos pongamos nerviosos como si el tiburon nos fuera a pegar el bocao a nosotros jeje :bienvenido: Si no eres escritor piensate serlo que si la pesca no te da dinero a lo mejor eso si jejeje

Saludos y buena pesca.......(en barco nada de neumatico eh :bienvenido: )

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Joerrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, me has puesto los pelos de punta.

Decirte que hasta he pataeado sin darme cuenta en un intento de escapar del tiburon.

Tremendo relato, que siendo angustioso no desanimara a los que por necesidad se tengan que ver en la tesitura de entrar a buscar algo que llevarse a la boca, o aficion al peligro para conseguir uno de los sueños de todo pescador, la captura de su vida.

Saludos

PD// Aun tengo la carne de gallina

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te as lucido con este relato compañero. :untitled::pescando:

Escribe rapido un libro que sere el primero en comprarlo :bowdown:

Es por eso que cuando veo a esos muchachos a un Km de la orilla, frente al malecón habanero, montados sobre una cámara, a veces podrida por el salitre, siento como algo me vuelve a subir a la altura del cuello. Y siento, también, envidia...

Lo ue mas me ha gustado es esta frase y el final en concreto. Siempre nos atraera lo peligroso

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  • 3 meses después...

:whistle: Vaya experiencia acojonante. Solo de pensarlo me cago de miedo. Has tenido mucha suerte pero tienes toda la razón en que de joven se hacen muchas locuras pero al menos tú estás para contarlo.

Un saludo y a pescar desde tierra.

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A mí­ hace 15 años más o menos me pasó algo parecido en Menorca, el bicho no me atacó, como a nuestro amigo, yo iba nadando con aletas, me siguió hasta la orilla y luego aprovechó para seguir la lí­nea de costa un rato, era un tiburón de más de 2 mts. lo seguí­ por las rocas hasta que desapareció. Mejor no vivirlo, sólo de recordarlo se me eriza la espalda... en fí­n.

Lo puedo contar...

Eso ocurre.

Por cierto muy buena narración. Saludos a Cuba y a la fuerza, inteligencia y creatividad del pueblo cubano para apañarse siempre con lo mí­nimo (o menos). Un fuerte abrazo.

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